Escuelas Interculturales

Resulta tan improductivo lamentar el peso de la maleta que portamos, llena de tareas pendientes, como no revisar y reconocer el esfuerzo y los logros alcanzados en el trayecto ya recorrido. Y si el punto de destino es construir una sociedad más equitativa, una ciudadanía democrática e intercultural que apuesta por una escuela inclusiva, atenta a lo que todos y cada uno de nuestros chicos y chicas necesitan para llegar al máximo potencial de desarrollo individual… no debemos hacer el viaje sin tener en cuenta que ese punto de destino no tiene estación de llegada. Se trata de un camino sin final, de un recorrido permanente, que exige de una mirada atenta y crítica de los viajeros, que aseguren, reconozcan y consoliden los logros (susceptibles de retrocesos) y desde ese reconocimiento constructivo no cedan ni un milímetro en el empeño de continuar. No parece, por tanto, que hablemos de nada sencillo a priori, fácilmente mensurable, ni definitivamente alcanzable.

Intentando escapar de esa actitud improductiva que señalábamos al comienzo, en las próximas páginas intentaremos repasar los avances de las políticas educativas españolas en los últimos quince años, a partir de una descripción global y holística de las medidas educativas que se han consolidado en estos últimos años en el conjunto de las administraciones educativas, para responder a la incorporación de alumnado extranjero a las aulas españolas. Pero, antes de iniciar ese recorrido he de realizar una parada ineludible: los conceptos.

No vamos a detenernos en ello, entre otras razones porque otros artículos de este libro se ocuparán de tan importante aspecto, pero no por ello queremos dejar de plantear una reflexión al respecto: seguimos en una meseta de confusión conceptual y de “ahuecamiento por mal uso” de los conceptos que giran en torno a la educación intercultural, la educación inclusiva, la educación compensatoria, la inmigración, la diversidad… siendo el binomio inmigración-educación intercultural el más prolijo en interferencias y confusiones permanentes.

Esta reflexión no tiene nada de original. Es generosamente difundida y compartida por numerosos profesionales de distintos ámbitos pero, generalmente, se formula desde unos sectores de la comunidad educativa contra otros. Y quizá ésa sea la paradoja, pues esa confusión es generalizada y visible tanto en los estratos más abstractos como en los más prácticos, en las actuaciones más formales como en las no gubernamentales, tanto en los desarrollos normativos y en las políticas como en las actuaciones más concretas de la sociedad civil… aunque desde cada uno de los ámbitos o sectores analicemos con esmero la confusión que se produce en los “otros ámbitos”.

De esta confusión podríamos disertar larga y extensamente, pero quizá lo más certero y consensuado que podríamos decir de ella es que no se trata de un conflicto teórico (gastamos infinita tinta en aclarar los conceptos y sobre el papel lo tenemos bastante claro). En cambio, la confusión sigue latente en sus laderas más aplicadas, más prácticas… Es en la traducción en acciones, ya sean normativas, didácticas, formales o no formales, donde seguimos sin aplicar la interculturalidad como una metodología, como un proceso transformador, como un herramienta de construcción de ciudadanía participativa y democrática, y seguimos centrándonos en prácticas de atención al alumnado de origen extranjero, reconociendo y gestionando la diversidad, la interculturalidad y la inclusión, generalmente, en aquellos espacios educativos donde identificamos colectivos desfavorecidos, alumnado de diferentes nacionalidades o con situaciones de desventaja de la índole que sea.

Quizá, si asumimos con humildad que estamos sólo en camino de acercarnos a un modelo educativo intercultural, y que la construcción de una escuela y una ciudadanía intercultural es un proceso largo y complejo hacia el que queremos avanzar como comunidad educativa y como sociedad, estaremos fijando con acierto y solidez los mimbres de esta cesta. En definitiva, la confusión entre inmigración e interculturalidad será definitivamente menos grave cuánto más conscientes seamos de ella, y viceversa. La atención educativa al alumnado inmigrante ha sido y es un reto para el sistema educativo en el que se ha avanzado notoriamente, generándose un elenco de medidas y actuaciones, tanto normativas como aplicadas, que iremos desgranando en las próximas páginas. Pero en absoluto es garante, aunque si necesario y complementario, de la cimentación de una escuela intercultural e inclusiva. Ese camino es más largo, más estructural, más transformador, más integral, más comunitario… y estamos sólo comenzando a recorrerlo. Y no es mal punto de partida el marco legal que aporta la LOE, donde las diferencias entre un camino y el otro están claramente trazadas y los principios nítidamente definidos.

En cualquier caso, denostar las prácticas que consideramos equivocadas (y la consideración nunca es unívoca y unidireccional) no es el camino. Las prácticas, más acertadas o menos, SON el camino.

Tal vez, asumir desde esta perspectiva el camino recorrido, convirtiendo las amenazas y los errores en oportunidades de mejora, sea la más productiva de las miradas. Y, en cualquier caso, vaya por delante que, en nuestra opinión, la mirada retrospectiva al camino recorrido en la última década por el sistema educativo español en particular, y por la sociedad española en general, en la gestión de la diversidad, deja un saldo neto más que positivo con una enorme zona de desarrollo a medio y largo plazo.

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