Escuelas Interculturales
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Hacia unas políticas educativas inclusivas...

Montserrat Grañeras Pastrana, Patricia Díaz-Caneja Sela

No es fácil trazar la frontera entre la educación intercultural y la atención educativa a nuestro alumnado de incorporación tardía, y la confusión de la que hablábamos al principio de este artículo no es gratuita ni baladí. Hay muchas razones que la explican pero también son muchas las diferencias que invalidan la identificación lineal entre un concepto y otro.

La educación intercultural es un modo de hacer escuela, un principio rector para educar, para orientar la educación desde el paradigma de la equidad y de la justicia, al servicio de mejorar el papel y la responsabilidad de la escuela en la creación de comunidades democráticas donde cada niña y cada niño crezcan recibiendo lo que necesitan para hacerlo.

La atención educativa específica a colectivos concretos, en este caso al procedente de otros países y culturas, supone un aspecto parcial, aunque necesario e ineludible, que se desprende de ese principio rector, junto con otros muchos mecanismo de atención individual o colectiva que la educación inclusiva ha de garantizar para ofrecer una educación de calidad a cada uno de nuestros alumnos y alumnas.

Y esa distinción sencilla a priori, pero medularmente importante, está perfectamente recogida en los principios rectores de nuestro sistema educativo. Otra cosa es el camino que tenemos que recorrer, tanto dentro del sistema educativo, como en el conjunto de la sociedad, para afianzar su traducción en praxis tangibles y generalizadas.

No obstante, los avances son considerables tanto en la ley educativa que rige nuestro sistema como en los desarrollos normativos del conjunto de las administraciones educativas, en los que muchas de ellas están optando por un modelo que entiende que la inclusión en educación pasa por una reestructuración de la organización de la escuela, adoptando medidas dirigidas a una mejor coordinación de los diferentes profesionales, una mayor permeabilidad a la diversidad de problemáticas que se presentan en las aulas, entendiendo el proyecto educativo y el curricular como un proceso en constante cambio que permita adaptarse a la naturaleza cambiante de los alumnos. Una estructura, en resumen, más flexible.

Por otra parte, el propio concepto de atención a la diversidad y las medidas diseñadas para aplicarlo en la escuela han ido evolucionando considerablemente, y la atención a la diversidad se ha ido orientando hacia la modificación del sistema para hacer frente a la diversidad del alumnado, superando la visión anterior, que proponía la integración del alumno considerado diferente en un sistema ya establecido.

Así, en la LOE se entiende la diversidad en un sentido amplio, lo cual no implica que no se haga alusión a algunos grupos concretos como beneficiarios de ciertas medidas, ya que determinadas necesidades educativas están mucho más presentes en algunos colectivos. Pero lo importante del enfoque es que las medidas de atención a la diversidad tienen por objeto responder a las necesidades concretas de cada alumno o alumna y no a colectivos particulares.

Y son ya muchas las comunidades que consideran que para lograr la inclusión es preciso poner énfasis en la diversidad de cada centro de enseñanza y de cada población, lo cual implica la necesidad de aplicar fórmulas diferentes sin olvidar el objetivo común de la inclusión de todos los alumnos y alumnas.

En definitiva y para terminar, hablar de políticas interculturales y de inclusión no es hablar de colectivos desfavorecidos sino hablar de organización escolar, de currículo, de rendimiento, de didácticas, de metodologías...

Todo ello al servicio de flexibilizar un sistema donde las estructuras y los currículos sean lo suficientemente dúctiles, con centros con la suficiente autonomía como para organizar el trabajo en función de un objetivo: lograr el éxito escolar y personal de todos y cada uno de sus alumnos.

Estos centros serán inclusivos y, por tanto, necesariamente interculturales. Tenemos ejemplos, buenas prácticas, discursos y marcos legales que lo permiten y lo impulsan. Pongámonos a ello sin olvidar que ese camino no tiene estación de llegada y, por tanto, final del trayecto. No es una meta, es un proceso, una metodología, una manera, en definitiva, de hacer educación.

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